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Content text RENÉ GUÉNON Y LA CIENCIA SAGRADA


2 Aquello de lo que habla, lo que transmite, lo que interpreta y traduce para ponerlo a nuestro alcance, es algo que en realidad es, por un lado, muy antiguo, algo cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, pero, por otro lado, se trata de algo que en el fondo y en su realidad esencial y última no depende del tiempo, puesto que su raíz no es humana, y también es algo (y esto es sumamente importante, a mi juicio) que en su caso procede de un conocimiento directo, de primera mano, y no es el fruto de un estudio exclusivamente bibliográfico. Efectivamente, Guénon nos habla de la Tradición sagrada en toda la extensión del término, es decir, de su Principio, de sus leyes y de sus aplicaciones diversas. De ahí que constantemente nos remita a la metafísica, a lo supra-humano, a lo sobrenatural, que es el núcleo esencial de lo sagrado, y desde esa óptica nos hable de lo que es la Realidad y de todas sus dimensiones posibles, de lo que es el Conocimiento y de todas sus vías y modalidades posibles, de lo que es el Cosmos entero y cómo se estructura, y desde luego también de lo que es el hombre, de cuál es la verdadera dimensión de sus posibilidades de conocimiento y de realización espiritual. Resulta, pues, que la obra de Guénon no contiene nada atribuible a su persona, salvo el modo en el que está escrita; es decir, que no inventa nada, no descubre nada nuevo, no dice nada que no haya sido dicho ya de una manera o de otra. Pero es eso precisamente lo que le proporciona su autenticidad, su valor propio, su veracidad, su “verificabilidad”, si se me permite la expresión, aunque esto pueda resultar paradójico desde el punto de vista habitual. Otra cosa bien distinta es que para muchos (no digo para todos, pero sí para muchos) de sus lectores, su obra haya supuesto y siga suponiendo un atroz descubrimiento: el de su propia ignorancia. Y en consecuencia suponga también el descubrimiento de un universo absolutamente insospechado de significados, matices y posibilidades de conocimiento, de las cuales casi nadie les había dicho hasta entonces ni media palabra correctamente formulada, y quizá por eso pueda parecer original, nueva y sumamente impactante. Pero, claro está, como sucede con toda obra de largo alcance, el resultado producido por su lectura suele abrirse en un amplio abanico que va desde el rechazo más contundente a lo que dice, hasta la adhesión más entusiasta, pasando por la simple incomprensión o, lo que es peor, la comprensión a medias. Pero casi siempre suele remover las conciencias de sus lectores hasta el punto de llegar a crear la necesidad de definirse de algún modo frente a sus palabras. Por eso entiendo que podría decirse, sin temor a exagerar demasiado, que nos encontramos ante una obra crucial, no ya por sus contenidos, evidentemente, sino también por sus posibles consecuencias. Pero entremos ya a considerar sin más dilación cuáles son esos contenidos, cuáles son los grandes temas de los que nos habla Guénon en su ingente obra. Porque ciertamente de una obra ingente se trata: nuestro autor publicó en vida 17 libros y varios centenares de artículos, a los que cabe añadir varios tomos recopilatorios más editados póstumamente.
3 Considerada en su conjunto, nos hallamos sin duda, desde mi punto de vista, ante lo que podríamos denominar como una auténtica “summa tradicional” la cual, además, posee un carácter particularmente orgánico y funcional. Gracias a ello es posible clasificar sus contenidos en varios apartados o aspectos importantes aunque sin considerar esta división como inamovible o canónica, puesto que el mismo autor no la realizó. De este modo, los libros de Guénon se pueden agrupar alrededor de 4 grandes temas fundamentales: 1) los tratados sobre metafísica y cosmología 2) la crítica del mundo moderno 3) los estudios sobre la Tradición Primordial y sus formas derivadas y 4) Por último, los estudios dedicados a la iniciación y al simbolismo sagrado Abordemos de este modo el primer tema, que he titulado: 1.- Tradición, Metafísica y Cosmología Conviene empezar indicando lo que cabe entender por “tradición” en la obra de Guénon. Como es sabido, la palabra tradición significa, etimológicamente, “lo que se transmite” (del latín traditio, transmitir, entregar). Ahora bien, Guénon introduce un matiz importante cuando dice que: “todo lo que es tradicional puede definirse, de forma general, por la intervención de un elemento ‘no humano’”. Es decir, que el contenido de la tradición, lo que se transmite, es esencialmente algo “no- humano”. De ahí que no debe confundirse la tradición con la costumbre, cuyo origen es puramente humano y convencional. A partir de ahí Guénon profundiza no solamente en la distinción entre lo que es tradicional y lo que no lo es sino también, dentro de lo que es tradicional, indica la distinción entre sus dos aspectos fundamentales: el exoterismo (dirigido a todos) y el esoterismo (dirigido a una élite espiritual), siendo este último el que conoce, conserva y transmite de manera directa la doctrina metafísica, que es el contenido esencial y supremo de toda forma tradicional. También hay que comprender en el término “tradición” a todo el conjunto de enseñanzas, medios rituales e instituciones y organizaciones de diferentes órdenes que toman como principio una misma doctrina sagrada, instituciones que, por otra parte, son las que han constituido todas las civilizaciones humanas conocidas, excepto la moderna.
4 Así, por ejemplo, en el Islam se observan dos aspectos diferenciados: el religioso, la sharia, dirigido a todos y, por otra parte, el puramente metafísico o esotérico, como es el Taçawwuff, más conocido como Sufismo, netamente espiritual y cuyas diversas ramas toman como soporte y cobertura externa al primero. En Occidente también existió, según Guénon, algo similar, como en la época de la Cristiandad medieval, así como en las sociedades orientales de la India, la antigua China o en las civilizaciones precolombinas americanas. Todas ellas participaron de un concepto de civilización esencialmente idéntico, aunque lógicamente diferente en sus formas de adaptación a mentalidades, tiempos y lugares distintos. Así pues, la Tradición, en todas sus formas, es de origen supra-humano, y todo lo que no tenga tal origen no merece llamarse “tradición” o “tradicional”. En relación directa con esto conviene referirse ahora al verdadero protagonista de la obra guénoniana: la metafísica. A pesar de los equívocos que suscita un uso no siempre riguroso de la palabra “metafísica”, Guénon se decide a aceptarla invocando su significado primitivo y etimológico: el de “más allá de la física”, entendiendo la “física” tal como la interpretaban los antiguos, es decir, como la “ciencia de la Naturaleza”, Naturaleza que no hay que limitar a su modo corporal y sensible, el único accesible a nuestros sentidos, sino que comprende también otros estados supra-sensibles. Adoptado el término, se presenta un segundo problema: el de su definición exacta. La dificultad viene dada, ante todo, por la naturaleza de su objeto. La metafísica se ocupa de lo universal, del conocimiento del Principio supremo, eterno, inmutable, infinito. Pero en realidad sólo se puede definir lo que es limitado, ¿cómo definir o acotar, entonces, lo esencialmente ilimitado? Una definición del contenido de la metafísica sería cada vez más inexacta a medida que nos esforzáramos por hacerla más precisa. Por eso, suele recurrirse a términos negativos, pues sólo una doble negación puede sugerir la infinitud de su contenido: de este modo, lo que se hace es negar los límites, que en sí mismos son definiciones luego negaciones. Es lo que en el Cristianismo se conoce como “lenguaje apofático”, que no define lo que es sino que niega lo que no es. Es también lo que hace el Vedanta advaita, que no define qué es lo real sino que niega lo irreal. Con respecto al origen de la metafísica, Guénon repetirá que no tiene origen histórico o temporal, que es de origen no-humano, como ya hemos visto igualmente en el caso de la tradición, cuyo origen es exactamente el mismo. En cuanto al modo de conocimiento metafísico, dada su finalidad, debe ser necesariamente distinto del científico; éste, como es sabido, es racional, analítico, discursivo, parcial y siempre indirecto; el conocimiento metafísico, en cambio, es supra-racional, sintético, intuitivo e

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